Torre del Oro iluminada à noite, às margens do GuadalquivirRafael RuizProfessor de História da Unifesp

La Carta Atenagórica: Sor Juana Inés de la Cruz y los caminos de una reflexión teológica

Texto completo em  Estudios de Historia Novohispana, v. 29, p. 77-95, 2005.

Escrito junto com Janice Theodoro

La Carta Atenagórica

La “Carta Atenagórica” fue escrita en Noviembre de 1690 por Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), poetisa mexicana, como un ejercicio de reflexión elaborado a partir de la lectura de un sermón del Padre António Vieira, S.J., (1608-1697). En este sermón, Vieira, apartir del “nuevo mandamiento”, analizaba las finuras del amor de Cristo. La Carta fue enviada al Obispo de Puebla, Manuel Fernández de Santa Cruz, que laa publicó sin que se pueda saber los motivos que lo llevaron a ello.

La contestación a esa carta probablemente fue escrita por el mismo Obispo, usando un pseudónimo femenino, Sor Filotea de la Cruz, discordando de los argumentos de Sor Juana Inés. Esa contestación lleva la fecha del 1 de Marzo de 1691 y trae reflexiones sobre la libertad y sobre los límites de la autodeterminación del ser humano, con algunos matices muy peculiares[ii] con relación a la polémica de la época.

Tanto el sermón del “Mandamiento nuevo”, de Vieira, cuanto las reflexiones de Sor Juana Inés de la Cruz y de su interlocutor fueron analizados por inumerables historiadores y literatos. De manera general, el objetivo central de los análisis se centra en la naturaleza de los argumentos utilizados a partir de una polémica teológica.

La Bibliografía

La bibliografía sobre Sor Juana Inés de la Cruz es bastante amplia. Literatos, historiadores, antropólogos y psicoanalistas estudiaron, desde diversos ángulos, tanto la obra poética cuanto los textos de carácter teológico y personal.

Entre los trabajos publicados vale la pena resaltar el libro de Octavio Paz de 1982. Se trata de un libro que reúne las informaciones de diversas naturalezas sobre la historia personal de la religiosa, sobre su biblioteca, su tiempo y los diversos personajes de la historia colonial mexicana que entraron en escena, de manera directa o indirecta, con la religiosa. El libro de Paz no es sólo una biografía, sino una análisis profunda de la sociedad mexicana del XVII. Se trata de una lectura indispensable para quien pretenda comprender el universo del cual Sor Juana Inés era fruto.  Amado Nervo, Alfonso Reyes y Lezana Lima, entre otros centenares de especialistas, se detuvieron en la poesía de Sor Juana, en sus escritos, en su personalidad, en el estilo barroco o en la sociedad colonial mexicana.

No pretrendemos discutir aquí las proposiciones de esos autores, sino que queremos tejer una serie de consideraciones, por un lado, sobre el sentido y los significados contenidos en determinadas formas narrativas y, por otro, elaborar hipótesis tenienddo como meta la búsqueda de una comprensión de la génesis de las diferentes interpretaciones sobre la mayor finura del amor de Cristo.

Análisis interna del texto

El análisis del “Sermón del Mandato” [iii] y de la “Carta Atenagórica” nos permite destacar dos puntos fundamentales de análisis: la finalidad y el público.

La finalidad del Sermón exige una retórica “pastoral”, emulativa, que busca despertar sentimientos piadosos y, por eso, permite al orador que use de licencias interpretativas que son posibles teniendo en vista el fin que se pretende. En este caso, su finalidad es fomentar la devoción y estimular el buen ejemplo de la vida cristina en los oyentes.

La Carta, a diferencia del Sermón, fue escritaa con la finalidad de discutir, argumentar y probar que lo que había sido enunciado por Vieira no correspondía con exactitud a la doctrina tradicional y ortodoxa de la Iglesia Católica.

Vamos a retomar la polémica para que podamos ver el lugar donde se encuentra la reflexión de Vieira y el significado del recorte y de la reflexión de Sor Juana Inés de la Cruz.

¿Qué es lo que llama la atención en los escritos de Sor Juana Inés al discutir el Sermón del Mandamiento Nuevo?

Todos los análisis que estudiaron el tema fueron unánimes en afirmar que la fuerza argumentativa de la retórica de la monja mexicana era enorme. Partiendo de esa premisa, observamos, de la misma manera que muchos otros autores, cuál es el “tendón  de Aquiles” de Vieira. Sor Juana, a partir de un conocimiento específico sobre retórica, construye un ataque a la estructura de la argumentación de Vieira. El jesuita utiliza licencias interpretativas y generalizaciones abstractas, “forzando” la comprensión de los textos del Evangelio para hacerlos coincidir con lo que le interesaba. En este sentido, la conclusión de Vieiraa ya estaba hecha de antemano. Por eso, su estructura argumentativa es una fantástica construcción que conduce al oyente a un lugar determinado, definido a priori.

¿ Por qué decimos que la conclusión de Vieria ya está hecha de antemano? Porque se trata de un Sermón, con su finalidad específica. Esa finalidad era que los oyentes sacasen una lección de la consideración del “mandatum novum” de Cristo, y esa lección era que debíamos amarnos los unos a los otros. Pero, no se trataba de amar de cualquier manera. Se trataba de amar como Cristo nos amó. Y eso era lo que se constituía como verdaderamente “nuevo”, de acuerdo con el sermón de Vieira, en el mandamiento de Cristo.

Para hacer resaltar esa “novedad”, Vieira recurrirá al artificio retórico de demonstrar que todo lo que se había dicho sobre el amor de Cristo por los hombres no había sido visto bajo el “nuevo” aspecto que él quería destacar. Para Vieira, el mayor amor de Cristo, la mayor finura de Cristo, fue lo que realizó al final de su vida. Y, a esta altura, el jesuita contrapone su “nuevo” punto de vista a los “tradicionales” puntos de vista de tres Padres de la Iglesia.

Mientras San Agustín afirmaba que el mayor amor de Cristo estaba en su muerte por los hombres, Viera afirmará que estaba en su ausencia. Mientras Santo Tomás decía que el mayor amor de Cristo estaba en el hecho de haberse quedado presente en la Eucaristía, Viera resaltará que la mayor finura de su amor estaba en el hecho de que no podía hacer uso de los sentidos en ese sacramento. Y, mientras San Juan Crisóstomo explicaba que el mayor amor de Cristo había consistido en lavar los pies de sus discípulos, incluso los de Judas, el discípulo traidor, Vieira acrecentará que Cristo nos amó como medio para que los hombres lo amásemos a Él como fin.

Con esas tres conclusiones el jesuita conseguiría no sólo explicar al público su “nueva interpretación”, sino que los estimularía a vivir de acuerdo con su “nueva interpretación”. Pero, más allá de ese mensaje, que una lectura superficial nos permite aprehender, existe otra en torno de la cual está concentrada la polémica entre Vieira y Sor Juana Inés. Se trata del uso que Vieira hace de la retórica para separar muerte y ausencia[iv], ser y estar[v], causa y efecto[vi], medios y fines[vii], esencia y correspondencia[viii], creando, a través de oposiciones conceptuales, un lugar donde la separación entre moral y política pueda hacer sentido.

Todo este juego de palabras tan bien manipulado por Vieira y Sor Juana Inés podría ser tan sólo parte de un ejercicio retórico en torno de dos proposiciones disonantes, dentro de una polémica ya colocada. Pero, a partir del momento en que la “Carta Atenagórica” fue escrita, la cuestión se hizo problemático, porque se instauró un debate argumentativo entre el Padre Vieira y la religiosa del monasterio de San Jerónimo de México.

Lo que preocupaba a Sor Juana Inés –y lo que constituye el punto neurálgico de su crítica a Vieira- no era ni la premisa de donde partía el jesuita, ni siquiera su conclusión, sinoel camino argumentativo que el mismo había recorrido. Sor Juana Inés se dio cuenta de que los argumentos utilizados por Vieira eran artificios retóricos, construidos previamente, o sea, eran una especie de “montaje” de una pieza que conduciría aal público, en general despreocupado con los argumentos citados, a concordar con su conclusión. Y, más aún, se dio cuenta de que el recorrido argumentativo de Vieira era un camino que sepaaraba el “ser” del “estar”, la “esencia” de los “accidentes”, los “medios” de los “fines”.

Para confirmar nuestra hipótesis vamos a observar cómo, de acuerdo con la crítica que hace Sor Juana Inés. Vieira forzó la interpretación de los textos, realizando continuas distinciones y separaciones de conceptos que, en el entender de la monja, no se hacían necesarios.

Para probar que era más fino la “ausencia” de Cristo que su “muerte”, Vieira recurre al texto de la agonía en el Huerto, diciendo que Cristo, “factus in agonia” –hecho en agonía- se alejó de los discípulos[i]. También recurre al texto en que Él dice a sus discípulos que “os conviene que yo me vaya”[ii] o, aún, al texto del llanto de la Magdalena en el sepulcro, para decir que el motivo de aquellas lágrimas era la ausencia de Cristo y no su muerte[iii].

La crítica de sor Juana Inés se establece sobre dos bases: por un lado, prueba que el camino argumentativo de Vieira no conduce necesariamente a sus conclusiones (o sea, que Vieira saca sus conclusiones no como consecuencia lógica de sus premisas mas tan sólo porque de hecho ya las había sacado previamente) y, por otro, Sor Juana hace ver que el error de Vieira no está en ssus premisas o conclusiones, sino en el camino argumentativo usado, o sea, la monja no acepta las separaciones y distincioness lógicas que el jesuita realiza en su argumentación.

Por eso, Sor Juana analizará cada uno de los argumentos que Vieira presenta como prueba racional de que el mayor amor es la ausencia y no la muerte de Cristo, para concluir con otro raciocinio demonstrativo perfecto. Si, dice la monja, Cristo afirmó que “os convieene que Yo me vaya”, pero de esa afirmación no se concluye necesariamente su ausencia: “Es verdad que se va, pero es falso que se ausenta. No perdamos tiempo. Ta sabemos la infinitud de presencias”. Sor Juana se está refiriendo en esta proposición a una cuestión teológica ya asentada. El texto hace referencia al hecho de que Cristo avisa a los apóstoles que les conviene que Él vuelva al Cielo para que el Padre pueda enviar al Espíritu Santo.  Ese es el lugar del raciocinio de Vieira. Desde ahí conduce a sus oyentes a que se den cuenta de que la “nueva” conclusión no sería que el Padre pueda enviar al Espíritu Santo, sino que sería que el amor de Cristo se manifiesta en su ausencia, porque se fue.

Pero, Sor Juana Inés, como ella misma afirma, apunta para el “tendón de Aquiles” teológico del raciocinio: enviando al espíritu Santo es el mismo Cristo que vuelve, de una otra forma ( se trata aquí de la cuestión teológica de la Trinidad). Por lo tanto, ni del argumento de Vieira se concluye necesariamente la ausencia de Cristo, porque se puede concluir también su presencia, ni dus distinciones lógicas son reales, porque es precisamente el mismo Cristo que vuelve, no cabiendo hablar, por lo tanto, de ausencia.

La monja mexicana mantiene el mismo estilo de crítica con relación a las otras posiciones de Vieira contra Santo Tomás: “El Santo dice: Sacramentarse fue la mayor fineza de Cristo. Replica el autor: No fue, sino quedar sin uso dos sentidos en ese Sacramento.  ¿Qué forma de argüir es ésta? El Santo propone en género; el autor responde en especie. Luego no vale el argumento. Si  el Santo hablara de una de las especies infinitas de finezas que se encierran en aquel erario riquísimo del Divino Amor debajo de los accidentes de pan, fuera buena la posición. Pero si las comprende todas en la palabra Sacramentarse? ¿Cómo le responde oponiéndole una de las mismas finezas que el Santo comprende?” [iv]

O sea, Sor Juana se da cuenta de que Vieira, para forzar la conclusión, tiene que hacer un lapso, dando como prueba un hecho que ya está contenido implícitamente en la afirmación de Santo Tomás. De nuevo, la monja apunta para el “tendón de Aquiles” teológico del jesuita porque, de hecho, sacramentarse, que es un género, implica necesariamente en “quedarse sin el uso de los sentidos”, que es su especie. La distinción que Vieira establece es, para la religiosa, completamente desnecesaria.

Finalmente, ocurre lo mismo con la escena del lavabo de los pies. Es aquí donde Sor Juana se refiere explícitamente al “Aquiles de su sermón”. Vieira dice que la fineza consiste en haber amado incluso a Judas, porque de esa forma Cristo estaba queriendo mostrar que “ama sin correspondencia” [v], manifestando así como quiere que nosotros hagamos. La monja probará que Vieira está de nuevo “forzando” una determinada conclusión, eludiendo una suposición necesaria y creando una distinción inexistente. Su explicación no parte de distinciones, sino, al contrario, deja claro la armonía y la unidad : “De manera que para amarnos unos a otros ha de ser Su Majestad el medio y la unión. Y nadie ignora que el medio que une dos términos se une él más estrecha e inmediatamente con ellos, que a ellos entre sí” (p. 820). E, insistiendo en esa misma idea, explica que el texto evangélico y el mismo título con que es conocido ese pasaje – mandato nuevo – nos lleva a pensar en una orden. Por lo tanto, concluye Sor Juana Inés, obedecer a esa orden es precisamente la correspondencia que Cristo quiere de nosotros.

¿Qué se puede deducir de esa polémica? ¿Qué quiere decir Vieira? ¿Y qué es lo que Sor Juana Inés está queriendo demonstrar?

Los dos poseen igualmente, como hemos podido demonstrar por los textos, el control del arte de la retórica. Pero, hay que notar que los dos parten de las mismas premisas –los mismos textos evangélicos- para desarrollar caminos argumentativos diferentes. Vieira se preocupa con mostrar continuas distinciones y separaciones lógicas y conceptuales, mientras que Sor Juana Inés desarrolla su argumentación haciendo ver que las distinciones de Vieira no se dan en el nivel de la realidad ontológica, que donde Vieira ve una separación, hay una profunda unidad de lo real.

Ninguno está preocupado con estaablecer una polémica entre sí (por cierto, Vieira no participó directamente de la polémica), ya que el debate estaba instituido y es este hecho que estimula la reflexión de Vieira, de Sor Juana Inés y del Obispo de Puebla.

Caracterizar el lugar de ese debate es muy importante porque sor Juana, al preocuparse con la ortodoxia de la fe, critica la separación entre medios y fines, lugar de donde parte el impío Maquiavel –como ella le llama- y como comprueba su texto al contestar a Sor Filotea y en cuyo espacio irá a fructificar el pensamiento político moderno.

El lugar histórico del debate

            Aunque muchos autores afirmen que la discusión entre Vieira y Sor Juana Inés deba ser analizada, básicamente, en función de un debate teológico, cuyos fundamentos están, en gran medida, apoyados en interpretaciones posibles del texto bíblico, nos parece interesante comprehender el significado histórico de la polémica, introduciéndola en el contexto americano y en el debate político de la época.

En este sentido, el análisis interno de los textos y la circunstancia histórica de la cual hace parte Sor Juana Inés y el Padre António Vieira, nos permite levantar hipótesis que van más allá de las evidencias contenidas en los documentos analizados. Esos textos poseen vínculos con otras narrativas de la época que están dentro de lo que podríamos llamar contexto de época.

Como ya dijimos, los argumentos levantados por Sor Juana Inés para cuestionar el sermón de Vieira son claros y, de nuestro punto de vista, procedentes. Comprendemos y concordamos con los especialistas[i] que afirman que se trata de una cuestión básicamente europea, que dice respecto a cuestiones relacionadas con la ortodoxia de la fe. Sin embargo, pensamos que los autores, como de hábito en la época, utilizaban metáforas, sustentadas por una determinada espiritualidad, que partían de las sagradas escrituras y con ellas creaban analogías. Estas analogías se encajaban (de la misma manera que las fábulas) con todos los vericuetos del mundo, dando una fórmula para que cada persona, a su manera, pudiese, por ejemplo, descubrir cómo se podría realizar o no un buen gobierno. Retomando la acertada expresión de Alcir Pécora, diríamos que la polémica nos lleva a un “mapa retórico” que se transforma en un “instrumento decisivo de la acción misionera” [ii], cuando utilizado correctamente, en función del texto bíblico. En sentido inverso, el uso equivocado del “mapa” podría producir serias desviaciones en la acción misionera.

Dentro de esa perspectiva se coloca, para nosotros, una serie de cuestiones de importancia fundamental, simultáaneamente intrínseca y extrínseca al texto:

¿Por qué Vieira utiliza las libertades de interpretación posibles en un sermón, libertades nacidas de las propias circunstancias, para separar con mucha habilidad categorías como género y especie, falta y ausencia, sembrador y semilla, entre tantas otras?

¿Por qué Sor Juana Inés contesta, con tanto énfasis, las proposiciones de Vieira si sabe que se trata de un sermón[iii] y que, por lo tanto, se permiten esas libertades?

¿Por qué esa polémica continúa despertando interés hasta los días de hoy? ¿Cuál es la razón de la actualidad del debate, después de más de tres siglos?

Las cartas[iv] de Sor Juana Inés tienen una gran fuerza emotiva; fuerza que se puede captar por el lector en función, principalmente, de dos motivos: Primero, del punto de vista formal, Sor Juana poseía un excepcional dominio del lenguaje –como lo comprueban sus poesías – capaz de transportar para el papel toda la dramaticidad contenida en la discusión[v]. Segundo, su matiz “realista”, bien fundamentado en la teoría de la época y conjugado con una gran habilidad retórica, que le permiten penetrar en las complicadas custiones teóricas, vinculándolas a experiencias sencillas y cotidianas como, por ejemplo, las intrigas típicas de una vida conventual. La forma como Sor Juana escribe saludando su interlocutor, narrando los hechos, colocando sus proposiciones y concluyendo, hace parte del arte epistolar y, a la vez, representa una forma elegante de negociación política de sus premisas. Por eso, la polémica tendría repercusiones en la práctica política de la época. En resumen, lo que queremos rescatar y de lo que trataremos ahora es la relación entre la estructura retórica y el pensamiento político del XVII.

Definido nuestro objeto de análisis, es interesante observar que Octavio Paz realiza otro camino, al considerar esta discusión “vana sutileza y talento vacío, pues no estaban aplicados a ningún objeto real”. A pesar de esta afirmación, Paz se refiere a la polémica y a los grandes debates de la época centrados en la cuestión de la gracia y del libre arbitrio. La diferencia está en que Octavio Paz analiza en separado la sociedad colonial, la carta atenagórica y los personajes envolvidos, citando los grandes debates que se realizaban en el interior de la Iglesia.

Las conclusiones a que llegamos son semejantes, aunque los caminos sean diferentes. Paz, al analizar, la sociedad nuevohispánica se refiere al hecho de que “el pacto social fue, en su origen, un pacto religioso”[vi]. El texto de Sor Juana Inés nos lleva a la misma conclusión, cuando nos muestra la imposibilidad de comprenderse lo político sin que se comprenda lo religioso. O, más aaún, cuando Paz se refiere al hecho de que “los dos polos de la justicia nuevohispánica no eran, como en la sociedad moderna, la legalidad o la ilegalidad de la sentencia, sino su severidad o benevolencia. El principio determinante era la gracia”.

Nuestro análisis camina en el mismo sentido. La diferencia radica en que, para nosotros, la demonstración de esa hipótesis hace parte de la propia retórica y la retórica de sor Juana Inés expresa el lugar donde se podía constituir el pensamiento político aamericano. Sor Juana retoma una acción contenida en el texto bíblico para introducir, en otro lugar, una acción similar y profundamente crítica de las vicisitudes del comportamiento humano. Ese es el camino que instituye la percepción política posible en la sociedad nuevohispánica.

A final de cuentas, ¿cuál es la importancia de la “Carta Atenagórica”? ¿Su importancia está vinculada al interlocutor? ¿Al tema? ¿A la defensa de la mujer? ¿A la habilidad retórica de Sor Juana Inés? ¿O, principalmente, a la condición humana?

La fuerza argumentativa de Sor Juana Inés se puede notar a través del mismo hecho de que esta discusión haya ido más aallá de los muros del convento y haya sobrevivido hasta los días de hoy, levantando una serie de indagaciones. Los temas que el debate sugiere hoy van desde cuestiones relacionadas con la ortodoxia de la fe hasta supuestas[i]  manifestaciones feministas de Sor Juana, al defenderse de la prohibición impuesta por una Prelada a su contacto constante con los libros. En ninguno de los casos citados se discute las consecuencias políticas del hecho de recorrer el camino argumentativo de acuerdo con Vieira o de acuerdo con la religiosa.

La posición de Sor Juana Inés es sorprendente porque, al discordar de Vieira a través de una carta que no debería haber sido publicada, penetró en un debate político donde lo que nos sorprende no es el debate masculino/femenino, sino su habilidad en comprender el ejercicio político del poder. Aunque se haya apoyado en las relaciones con el poder, lo hizo a través de mecanismos sutiles (relaciones interpersonales/espacio de resistencia) que le permitieron encontrar la raiz del problema en cuestión. Para penetrar en el espacio del poder era necesario tener acceso a la complacencia de importantes personajes políticos (la Condesa de Paredes, por ejemplo). Este terreno era, y es aún hoy, bastante inestable. Fue precisamente un cambio en este equilibrio de poder que trajo como consecuencia la publicación de la Carta Atenagórica, que había sido escrita sin el ánimo de publicar[ii].

Todas esas informaciones estudiadas por diversos especialistas del período nos llevan a pensar que Sor Juana Inés, al escribir la “Carta Atenagórica”, estaba de forma indirecta participando de una polémica de la cual hacían parte jesuitas influyentes. No vamos a entrar aquí en el universo bastante complejo de Athanasius Kircher, por ejemplo, cuyos textos influyeron Sor Juana Inés y que se vinculaban a uan proposición diversa de la defendida por Vieira y mucho más próxima de la religiosa. Lo que nos interesa en este artículo es comprender la polémica y, principalmente, la posible afinidad del pensamiento de Sor Juana Inés con el cristianismo en América y el espacio político de su incorporación.

Esta lectura, en cierto modo implícita de la polémica, nos abrirá posibilidades para levantar una hipótesis sobre la cristianización de América, su vocación humanística y los dilemas políticos contenidos en las diversas proposiciones defendidas por la Compañía de Jesús.

La hipótesis

            Para responder a la cuestión colocada tenemos que llevar en cuenta no sólo la forma de narrar, sino especialmente la percepción política de la realidad en la cual están implicados el Padre Vieira y Sor Juana Inés. ¿Cuál es, a final de cuentas, la proposición?

Ambos crearon un espacio de reflexión donde se puede ver, por ángulos diferentes, la separación entre “ser” y “estar” y, por consecuencia, una separación posible entre medios y fines. Esta separación nos coloca delante de un problema que se relaciona con la forma de ejercer el poder. Podríamos enunciar la cuestión de la siguiente manera

La vida política, en América y en Europa, de la cual hacían parte tanto Vieira cuanto Sor Juana Inés, era caracterizada por una polémica donde unos defendían la separación entre “esencia” y “aparencia”, como Maquiavel, y, otros, como Sor Juana Inés, cuestionaban esa premisa optando por una postura de unidad de lo real, o sea, mientras para Sor Juana Inés no había sentido en separar el “ser” del “aparecer”, para Vieira esa separación era prioritaria. ¿Cuál sería la consecuenciaa práctica de esa diferencia?

Evidentemente, esta colocación ya es bastante conocida del lector, pero vale la pena rehacer el camino. Aunque esta polémica haya encontrado, igualmente, resonancia en Europa y América, nos arriesgamos a decir que, por una serie de factores específicos, en América fue más fácil “catequizar” que “politizar”. Fue más fácil catequizar porque era posible explicar para la población indígena la unidad de un sujeto (hombre), aunque este desempeñase papeles específicos y complementares en el interior de una comunidad.

Para Sor Juana Inés, como para toda la filosofía clásica, el actuar correcto o incorrecto era una consecuencia necesaria del ser bueno o malo, mientras que, para Vieira y para la tradición moderna inaugurada por Maquiavel, esa relación no era necesaria ni ineludible, o sea, no era propiamente una necesidad y, sí, una posibilidad. Se podía pensar em ser de determinada manera y actuar –aparecer- de otra forma completamente diferente[i]. Dentro de ese punto de vista es interesante observar la afinidad entre las reflexiones del Padre Athanasius Kircher y Sor Juana Inés. Pero era muy difícil “politizar”, o sea, explicar las diferencias entre el ser (el yo) y el estar (la representación política), diferencia que definía el espacio del ejercicio del poder. Dice Vieira: “De manera que por la muerte dejó de ser Cristo, por la ausencia, dejó de estar con los hombres; y sintió más el amoroso Señor dejar de estar con quien amaba, que dejar de ser quien era. La muerte lo privó del ser, la ausencia lo privó del estar. Y más sintió Cristo el dejar de estar, que el dejar de ser; más sintió la pérdida de la compañía que la destrucción de la esencia”.

Esencia y Accidentes

            La discusión entre Sor Juana Inés de la Cruz y el Padre António Vieira se encontra dentro del marco de una polémica tradicional de la Filosofía occidental, que se intensificó a partir de maquiavel. La separación entre “esencia” y “aparencia”, “medios” y “fin” puede ser fácilmente observada cuando leemos el texto de “El Príncipe”[ii]. De forma transparente, Maquiavel afirma que el Príncipe debe “parecer” generoso, aunque no sea, de hecho, generoso[iii]. De manera general, comprendemos Maquiavel a través de esa disonancia entre “aparentar” y “ser”.

La comprensión del fenómeno político queda más clara cuando asociamos la proposición de maquiavel y las formas de argumentación utilizadas por Vieira en el sermón del “mandamiento Nuevo”. A partir de esa lectura se hace más clara la disonancia de sor Juana Inés en relación a las formas de argumentación utilizadas por Vieira en su sermón.

Como para la monja mexicana la existencia es una decorrencia de la esencia, y no cabe una sin otra, la mayor fineza de cristo consistió en morir por los hombres. Discutir separadamente “muerte” y “ausencia” correspondería a romper la unidad del ser, significaría no dar importancia a la esencia de Cristo, implicaría crear otro lugar donde lo más importante sería el dolor de Cristo precisamente por apartarse de los hombres y no por el hecho de morir por ellos.

Como para Vieira, la esencia no implica necesariamente la existencia, el jesuita considera la muerte de cristo como “privación del ser”, mientras considera su ausencia como “privación del estar”, colocándose con esta afirmación en un lugar bien diferente de su interlocutora. Vieira deja claro en su sermón que Cristo sintió más la pérdida de la compañía de los hombres – el estar – que la muerte y destrucción de la esencia – el ser -.

Si, como afirma Vieira, la muerte de Cristo le privó de “estar” con quien ama, y, si es posible separar el “estar” de Cristo del “ser” de Cristo, Sor Juana tiene muchos motivos para discordar del jesuita. ¿Por qué? Porque, para Sor Juana Inés, tanto en su poesía cuanto en su “Carta”, su preocupación es siempre con la unidad del ser. Vayamos a los textos para observar más claramente las disonancias.

Si tomamos la discordancia de Sor Juana y Vieira en el momento en que Cristo lava los pies de sus discípulos, podemos ver que ella defiende la idea de que causa y efecto son relativos y que, para ella, la causa tiene el efecto engendrado en sí misma: “Pues si el motivo de lavar los pies y la  ejecución de lavarlos se han como causa y efecto, y la causa y efecto son relativos, que aquí pueden separarse, ¿dónde está esta mayoría que el autor halla entre el lavar y la causa de lavar, si sólo su diferencia es ser generante la causa y el efecto engendrado?”[iv]

Del punto de vista político, ¿qué sentido tiene esta diferencia en el pensamiento de Vieira y Sor Juana Inés?

El pensamiento de Vieira, separando el “ser” del “estar”, los “medios” del “fin”, permite la justificación de una serie de conductas porque son medios y no fines, porque el ser puede manifestarse diferentemente de acuerdo con las circunstancias.

Para comprender mejor nuestra hipótesis vale la pena recordar “El Príncipe” que, dentro de una perspectiva maquiavélica, necesita “aparentar” ser justo, y no necesariamente “ser” justo para alcanzar los fines que se propone. Vieira separa medios y fines, aunque en sus ejemplos el fin y los medios sean siempre equivalentes. El medio es el amor, y el fin también es el amor. Para Vieira,  “(…) el mandamiento se compone de dos amores, el amor de Cristo por nosotros, y el amor de los hombres entre sí: el amor con que Cristo nos amó entra en el Mandamiento como medio, y el amor con que nosotros nos debemos amar, como fin. Eso quiere decir, en el sentido de Ruperto, aquel “ in finem eos”: que nos amó a fin. Y ¿a qué fin? A fin de que nosotros nos amemos. Los hombres aman a fin de que los amen. Cristo nos amó a fin de que nosotros nos amemos: Et vos debitis alter  alterius lavare pedes (p. 391).

Sin embargo, la existencia de esa separación caracteriza el lugar de la diferencia entre Vieira y Sor Juana. Para ella existe sólo un lugar, y éste es el espacio, sencillo, pero posible, del “ser” de las cosas y de los hombres. Por eso Sor Juana Inés considera Maquiavel un impío[v]. Las consecuencias de las proposiciones de Vieira, en la concepción de Sor Juana, eran graves en la medida en que contrariaban su percepción unitaria del mundo. Ya en el caso de Vieira, sus proposiciones, gracias a la separación entre “medios” y “fin”, resultarían en dar prioridad a un proyecto político capaz de establecer como meta el vivir en sociedad (correspondencia)[vi], cuyo ejercicio remitiría a la mayor fineza del amor de Cristo.

Aunque ambos autores utilicen los mismos instrumentos retóricos para discutir un texto sagrado y opiniones de doctores de la Iglesia, su discordancia expresan visiones del mundo bien diferentes, cuyas consecuencias serán significativas en una sociedad, como la nuevohispano, que estaba siendo montada y donde laa estratificación social y el poder hacían parte del ejercicio de dominación.

¿Qué significa esa diferencia? ¿Por qué Vieira invierte género y especie en su sermón? ¿Por qué separa causa y efecto? ¿Por qué Sor Juana afirma que Cristo quiso la “correspondencia” del aamor para sí y la utilidad que resulta de esa correspondencia para los hombres, mientras que vieira dice que Cristo la quiso sólo para los hombres,  “tudo quis que fosse nosso”? [i] ¿Por qé Sor Juana aproxima Cristo de los hombres?

Los lazos entre las palabras y sus significados

La disonancia con relación a cuál fue la mayor fineza del amor de Cristo bo son taan sólo sutilezas retóricas o filosóficas. Pensamos que manifiestan dos modos de entender América y el proceso de su cristianización; expresan dos caminos por los cuales no sólo podemos comprender el texto sagrado, sino que, aa través de él, se puede elaaborar una propuesta para favorecer el movimiento de una sociedad determinada para que se cumplan determinados proyectos.

Para Vieira, como para muchos otros jesuitas, el camino para la cristiaanización pasaba primero por el camino de la inserción en la polis. Era necesario ser político para, después, ser cristiano. Para sor Juana Inés, como apuntaba también Octavio Paz, no cabía hacer referencia a esa distinción. El ser cristiano ya implicaba el ser político. Por eso, el procedimiento con que se llevaría a cabo la catequesis era importante. La “Carta Atenagórica” era una tentativa de dar argumentos para mostrar que, en la catequesis de los indígenas, no había necesidad de crear separaciones lógicas, ni distinciones conceptuales, ni, por lo tanto, separar el “ser” del “aparecer”, los “medios” del “fin”, lo “ético” de lo “político”. Sor Juana Inés sabía que ese debate estaba abierto en el mismo seno de la Compañía de Jesús y se colocaba claramente en el polo opuesto donde se encontraba Vieira.

Aceptar la tesis de Sor Juana significaría que la prioridad de la catequesis debería centrar en el “ser” –ser buen cristiano y ser buen político-, mientras que aceptando la tesis de Vieira, no se trataría de discutir como “eran” los indios, sino si ellos se comportaban de acuerdo con las prescripciones legales, civiles o religiosas.

Para sor Juana, al conseguirse que los indios “fueran” buenos cristianos, se conseguiría que se integrasen en la polis. Ser buen cristiano correspondería, de hecho, al “ser” de los indígenas y llevaría necesariamente a vivir “en policia”. Esto era así porque la unidad de lo real, el hecho de “ser” hombres buenos, les permitiría encontrar las soluciones justas para actuar correctamente. De esa manera, Sor Juana se colocaba en el campo doctrinal y filosófico clásico, donde el “actuar” seguía necesariamente al “ser” y donde la “política” no era algo disociado de la “moral” [ii], sino integrado con ella.

Para Vieira, habiendo una separación posible entre “ser” y “estar”, “política” y “moral”, “medios” y “fin” era necesario inducir los comportamientos de los indígenas, explicitar las leyes y, consecuentemente, determinar qué tipo de acción –qué “aparencia”- era la conveniente para vivir como un buen cristiano. Por eso, la necesidad que Vieira sentía de mostrar todas las distinciones posibles entre esencia y aparencia, medios y fin. Y, por eso, el interés del jesuita en mostrar que el mismo Cristo atendía para esa clase de distinciones, donde no bastaba tan sólo “ser” de una determinada manera, sino también “aparecer” de esa forma determinada.

Conclusión

¿Qué hay de nuevo en esta antigua polémica? ¿Qué es, en nuestro entender, lo que aún no ha sido dicho a lo largo de los muchos estudios realizados con la “Carta Atenagórica”?

Sor Juana Inés se dio cuenta de que el mundo conceptual americano no era el lugar de la separación, sino de la unidad. O sea, para el indígena no hay apariencia ni hay representación, ni, por lo tanto, hay una separación posible entre “moral” y “política”.

La insistencia de algunos jesuitas en catequizar de acuerdo con esta separación sólo podría ser prejudicial para los indígenas y para la sociedad que se estaba construyendo. La distancia entre el “ser” y el “aparecer” siempre sería una distancia insalbable o, por otras paalabras, catequizando al estilo de Vieira lo máximo que se conseguiría sería una apariencia de conversión, una adaptación formal a los términos de lo que estaba prescrito, un comportamiento inducido que no llegaría al ser del indígena, mientras que, catequizando al estilo de Sor Juana Inés, se llegaría al corazón de los indígenas, se moldearía el ser de los mismos al ser cristiano que, necesariamente, era una forma de ser donde el actuar político no estaba disociado del actuar moral.

Infelizmente esa diferencia de estilos tuvo como resultado la muerte de Sor Juana Inés de la Cruz. Vieira, por su parte, sobrevivió sabiamente a la Inquisición y murió de viejo. Aunque hayan seguido caminos diferentes, los dos, con mayor o menor rapidez, volvieron al polvo, como diría Vieira, polvo de la tierra. Sin embargo, los dos textos, las dos ideas, al contrario, revivieron o como forma o como proposición.

 

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